La maniobra Heimlich

Masticar hasta casi morir

Una historia real

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La Maniobra de Heimlich, llamada Compresión abdominal es un procedimiento de primeros auxilios para desobstruir el conducto respiratorio, normalmente bloqueado por un trozo de alimento o cualquier otro objeto. Es una técnica efectiva para salvar vidas en caso de asfixia por atragantamiento.

El otro día casi muero. No estoy de broma. Hay cosas que uno no se puede tomar a broma. Pocas, pero las hay. Y en este caso no es la muerte lo que no me tomo a broma. Es la vida. La vida hay que tomársela en serio. Sin dramas ni trascendencias absurdas, pero muy en serio. Pero sí, el otro día casi muero ahogado. Atragantado para ser más exactos. Dejad que os cuente, ya que, como es evidente, logré sobrevivir.

Era domingo. Estaba solo. Vivo solo la mayor parte del tiempo. No pasa nada. Estoy acostumbrado. No es ningún drama. Eso de que para poder vivir con alguien, primero hay que saber vivir solo es una gilipollez. Son cosas  distintas. Hay que saber vivir solo y hay que saber compartir la vida. Así de forma separada. Hay que adaptarse a la situación. Esperar lo contrario es esperar en vano, os lo aseguro.

Como decía, domingo solo en casa y llega la hora de comer. No debería, pero decido prepararme algo bien insano. Me apetece cierta indulgencia. Dos huevos fritos, un montón de patatas fritas caseras y un bistec. Poco hecho. Muy poco hecho.

Todo listo y me lo llevo al comedor. Como y leo al mismo tiempo. Presto más atención al libro que a la comida. Total, lo que hay en el plato ya me lo sé de memoria, lo que cuenta el libro no. Corto el bistec casi sin mirar y me meto los pedazos en la boca prestando poca atención. No pasa nada. Nada grave. Comer es algo que hacemos todos todos los días. La mayoría de veces sin prestar atención. Tampoco al masticar ni al tragar. Craso error, ya os lo advierto.

Me meto un pedazo bocado de bistec que no veo que es demasiado grande. Lo curioso es que lo mastico, y tampoco me doy cuenta de que es enorme y virtualmente mortal. Con los huevos y las patatas tampoco, que engulló como un pato, presté mucha atención. Pero es como comparar una inofensiva culebrilla con una terrorífica cobra.

Mastico el bistec enfrascado en la lectura de La inteligencia fracasada, de José Antonio Marina. Si no fuera porque casi muero, sería hasta cómico, ¿verdad? Todo cambió dramáticamente cuando tragué el pedazo de bistec que casi se me lleva al infierno. Bueno, mejor dicho cuando lo intenté. Tragar es según la RAE

1. tr. Hacer movimientos voluntarios o involuntarios de tal modo que algo pase de la boca hacia el estómago. U. t. c. prnl.

2. tr. Dicho de la tierra o de las aguas: Abismar lo que está en su superficie. U. t. c. prnl.

3. tr. coloq. Comer vorazmente.

4. tr. coloq. Dar fácilmente crédito a las cosas, aunque sean inverosímiles. U. t. c. prnl. Le contó una mentira y no se la tragó.

5. tr. coloq. Soportar o disimular algo muy desagradable. U. t. c. prnl.

6. tr. coloq. Absorber, consumir, gastar algo. U. t. c. prnl. La obra se tragó más cemento del presupuestado.

7. tr. coloq. Arg. y Ur. Entre estudiantes, empollar (‖ estudiar mucho).

8. intr. coloq. Acceder sin convicción a una propuesta.

9. intr. coloq. Dicho de una mujer: Acceder fácilmente a requerimientos sexuales.

10. prnl. coloq. Chocar con un obstáculo. Tragarse una farola.

11. prnl. coloq. No hacer caso a una señal, a una obligación o a una advertencia.

Me quedó claro de inmediato que gracias a cumplir la acepción número 3, estaba fracasando en la número 1. Por cierto. ¿Os habéis fijado en la novena acepción? Creo que estos chicos de la RAE tienen algún problema de micromachismo. Pero volvamos a lo que nos ocupa.

Eso se había quedado atascado en la garganta. Creo que justo a la altura de la nuez. No sé, seguramente fue por la falta de oxígeno, pero algunos recuerdos son curiosamente inexactos. También rápidamente fui consciente de que tenía un problema. Uno gordo además. Dejé el libro a un lado, con cierto fastidio por tener que dejar de leer y tener que ocuparme de ese inoportuno atragantamiento.

Lo primero fue intentar empujar con elegantes impuslsos abdominales y de la glotis el pedazo hacia abajo. No funcionó. Al contrario. Eso se encajó aún más. Lo siguiente fue intentar alcanzar el pedazo con los dedos. Imposible. Por último intenté beber algo, para tratar de que el líquido mandara eso hacia abajo. Fracaso. A estas alturas, me di cuenta de que me estaba ahogando, que respirar por la nariz no era suficiente y que me empezaba a faltar el oxígeno de forma más que evidente. Hasta entonces había mantenido la calma, pero empecé a ponerme nervioso. Aún no había entrado en pánico, pero era cuestión de nanosegundos. Os puede parecer una exageración, pero tampoco disponía de mucho más tiempo para sutilezas como calibrar mi estado de entereza.

Obviamente me vino a la cabeza la maniobra Heimlich, pero pensaba que para eso se necesitaban a dos personas. Por un lado un ahogado o atragantado, y del otro  a una persona que aplicara dicha maniobra. No tenía ni idea de que existiera una automaniobra de Heimlich. De hecho sabía que existía tal procedimiento, pero ni idea de como funcionaba. Ni tampoco de que existe una maniobra de Heimlich para perros. Para que no os pase como a mi, os pongo aquí unas bonitas ilustraciones de cómo funciona la manoiobra de Heimlich en los tres casos mencionados.

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Prosigamos. Lo confieso. Vi la muerte, la mía, como una posibilidad cercana. Eso fue todo. No vi nada de esas bobadas que cuentan de que en estas situaciones ves la película de tu vida pasar por delante de tus ojos. Ni tampoco pensé en nadie en especial. Ni en mis hijos ni en mi familia ni en mi chica ni en mis amigos.Quizás penséis que fui muy egoísta. No estoy de acuerdo. Era yo y mis circunstancias. Un hombre, un trozo de bistec enorme atascado en su esófago y la vida. No. Solo pensé que me estaba ahogando y que no podía hacer nada para remediarlo.

A ver, explicado así puede parecer que estaba tranquilo. Que era un hombre que aceptaba su destino. Para nada. Me estaba ahogando y os juro que la vivencia (hay vivencias que pueden matar) es espantosa. Tanto por la angustia física que representa la sensación de que te falta el aire, como la percepción de que la muerte es lo único que te aguarda. Estaba cagado de miedo. No podía gritar, físcamente impedido, y además no hubiera servido de nada. Vivo solo y tengo por vecina a una anciana que tampoco hubiera podido ayudarme. Llamar por teléfono, tampoco hubiera resuleto nada. Tiempo era lo que no tenía precisamente, y cualquier ayuda hubiera tardado demasiado.

Me puse de pie, la falta de aire empezaba a ser preocupante. Intenté que mi cerebro se olvidará de que se estaba ahogando y le pedí que me sacara de esta. No he sobrevivido a un cáncer para tener una muerte digna de 1.000 maneras estúpidas de morir, pensé. Pero me ahogaba y curiosamente creo que fue el mismo ahogamiento el que me salvó la vida. En un aspaviento enorme de mis pulmones en su busca desesperada de oxígeno, abrí de forma absolutamente involutaria mi boca hasta casi desencajarla y recuerdo que mis abdominales produjeron un espasmo violento que sacudió todo mi ser y allí fue todo. El trozo de bistec, y el refresco con el que intenté bajarlo.

Cuando me hube respuesto, que básicamente significa que recobré el aliento y que mis pulsaciones bajaron de 300 por minuto, me quedé mirando el trozo de bistec. Lo recogí y lo devolví al plato. Limpié el suelo. Me volví a sentar a comer. Corte en pedazos más pequeños el trozo de carne que casi me mata. Abrí el libro y me lo comí. Os puede parecer una guarrada. Seguro que tenéis razón. Pero fue mi venganza. Un poco asquerosa, pero venganza a fin de cuentas.

¿Y qué he aprendido de todo esto? Ahora os podría meter aquí un rollo sobre lo bonita que es la vida y que a veces necesitamos que nos pasen cosas como la que me sucedió a mi para darnos cuenta. Pues no. Yo ya tenía claro que la vida es maravillosa. No es fácil, pero es maravillosa. O os podría decir que me di cuenta de la fragilidad de nuestro ser y que ahora estamos y que mañana vete tú a saber. Pues tampoco. Ya os he dicho que tuve un melanoma maligno y eso también lo tenía claro.

¿Entonces? ¿Tanta angustia para nada? ¿Estar a punto de cascar y que no sirva para anda? Pues quizás sí. Sé que fui un inconsciente por meterme ese bicho en la boca, pero también sé que fue el azar el que hizo que se convirtiera en un problema serio. Y que fue el mismo azar el que seguramente hizo que todo terminara en un tremendo susto, también lo tengo claro. El azar forma parte de nuestras vidas. Eso también lo sabía.

En todo caso, lo que sí aprendí es que aunque la vida te ofrece  muchas ocasiones para aprender algo, no todo lo que te pasa es tan trascendental, por muy dramático que parezca, y no hace falta ir extrayendo leciones de todo, y mucho menos darlas. En consecuencia: a veces no hay que dar a algunas cosas más importancia de la que realmente tienen. Sufrí un puñetero accidente, que por suerte terminó bien. Pudo no hacerlo, de acuerdo, pero terminó bien, así que fuera y a otra cosa mariposa. Y por último recordé lo que me enseñaron de pequeño: ¡Pedazos pequeños y masticar bien, Albert!

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